“Una Iglesia que arde en fuego”

Hay esperanza cuando vemos niños sumergidos en la presencia de Dios. Lo que Dios está haciendo tiene el poder de afectar las próximas generaciones. Nos adaptamos tanto a las formas y las maneras que nos desligamos de lo que Dios quiere hacer. La Iglesia debe liderar los cambios necesarios como prueba de lo que esperamos. La Iglesia de Jesús nació orando y sumergida en fuego. La Iglesia gloriosa debe convertirse en la mayor influencia para la tierra y lo glorioso tiene que ver con una máxima influencia.

Mateo 3:11: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”

El fuego está en la Palabra para hacer un énfasis en las características y actitudes en los creyentes. No puede haber un creyente que esté apagado en el fuego del Espíritu Santo, pues esta es una de las principales cosas que le caracterizan. Lo que  diferencia a un creyente que no tiene fuego con el que tiene el fuego, es que el que tiene el fuego siempre quiere más. La gente se asocia según sus intereses, los creyentes se asocian según su pasión y el fuego que les impulse.  La característica que ha perdido la Iglesia de estos tiempos es el fuego.

La posición de la Iglesia debe ser el fuego, la pasión, la entrega, el dar. Y aunque la Iglesia tenga el Espíritu Santo ha perdido el fuego. El fuego hace la diferencia, y este no deja a nadie igual. Queremos que la sociedad y las comunidades cambien, queremos reino de Dios en nuestras vidas, queremos un avivamiento que transforme la sociedad, y en este punto muchos se equivocan al creer que un avivamiento se produce por las multitudes, pero ellas no representan avivamientos, el avivamiento lo representa la relación estrecha que el creyente tenga con Dios y la manifestación del fuego del Espíritu Santo en su vida.

Hechos 2:1-3: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.”

La Iglesia nació en una reunión de oración y de fuego. Debemos regresar al tiempo que no importaba mas nada sino orar y estar en la presencia de Dios, porque esa es nuestra posición y condición optima. No descansaremos hasta ver el fuego avivándose en cada corazón, ese fuego va a ser recuperado. Hemos llevado a Jesús y su Espíritu a las calles, ahora nos conviene llevar la manifestación de su fuego.