El secreto del éxito en la vida de Jesús

Cuando llegó el tiempo del cumplimiento para lo que había estado preparándose y esperando por treinta años, Jesús va al Jordán a ser bautizado. Pero, no va allí para hacer un milagro, para recibir una aprobación de hombres, o para hacer un espectáculo delante de la multitud, va buscando algo que para Él era imprescindible recibir, a fin de poder iniciar este ministerio, ¡El Espíritu Santo! Jesús conocía muy bien el principio de que Dios no comienza nada sin su Espíritu.

La primera señal de que Dios está en un asunto, es que lo comienza con el Espíritu Santo, y Jesús lo tenía muy claro. Lo que movió a Jesús al Jordán, como hombre, fue el hambre por algo sobrenatural. Recordemos que Él se despojó de toda su deidad para venir como humano, y enseñarnos que lo que Él conquistó en esta tierra, lo hizo como hombre, dependiendo de Dios, de Su Palabra y de Su Espíritu, para darnos, de esta manera, una lección de que podemos andar como Él anduvo y hacer las cosas que Él hizo. Nos dejó el camino, el ejemplo, el legado, y lo más importante, el Espíritu.

Jesús enfatizó que necesitaba la llenura del Espíritu Santo, y cuando fue para que Juan lo bautizara, estaba reconociendo que necesitaba hacerlo – aunque arriesgara su reputación – porque este era el único camino. Es decir, la dependencia, obediencia y redición a su Padre eran necesarias para que se le concediera el Espíritu Santo. Entendía perfectamente que esa era la garantía del éxito para lo que iba a emprender. Jesús buscaba decirle al Padre que lo más valioso para Él era el Espíritu Santo, que no se trataba de su propia reputación o voluntad, sino que dependía absolutamente de su Espíritu.

Debemos aprender de Jesús, Él no quería hacer absolutamente nada que no estuviese certificado por el Padre, sin que en primer lugar el glorioso Espíritu de Dios reposara sobre Él. ¿Estamos nosotros tan sedientos y hambrientos que podamos correr al lugar de un encuentro con el Espíritu Santo de Dios? Jesús quería una plenitud de Su llenura, una comunión perfecta con Él, de modo que no hubiese un espacio vacío en su corazón que no lo llenase el Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo es el Señor, y donde Él está, llega la estrategia del cielo; y esa nunca falla. ¡Siempre funciona!

Juan 8:28 – 29: “Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”

Juan 5:19: “Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.”

Jesús no permitió que la tentación de hacer las cosas a su manera gobernara su vida, sabía que hacer las cosas como a Él le parecía no le traería gloria al Padre. Si algo debemos saber es que el hombre puede arreglar las cosas, pero solo Dios puede resucitarlas. Cuando hacemos las cosas a la manera de Dios, está garantizada la gloria.

El secreto del éxito de Jesús fue la dependencia al Padre, y el hacer siempre lo que a Él le agradaba, es decir, actuar en humildad, obediencia, servicio, amor, rendición a la voluntad y dependencia del Espíritu Santo.