Rompiendo camisas de fuerza

Lo primero que debemos hacer para romper lo que nos limita e imposibilita avanzar es vencer la pereza y la apatía. Dios nunca usará y llamará a un vago. Pedro estaba pescando cuando Jesús lo llamó, y Saulo estaba persiguiendo a la Iglesia y cumpliendo las órdenes de sus superiores; a cada discípulo que llamó, lo consiguió haciendo algo. Dios no es un Dios estático, es un Dios dinámico, que le gusta el movimiento. Si queremos romper la camisa de fuerza de la escasez y de la pobreza, tenemos que vencer la apatía, porque Dios bendice la obra de nuestras manos.

Lo segundo que debemos hacer es romper con la duda y la incredulidad. Si Dios lo dijo, Él lo va a hacer, no importa lo que oigamos o veamos, Él lo va a hacer; no es hombre para que mienta, siempre cumple lo que promete, y hace con sus manos lo que promete con su boca. Si Dios dijo que iba a bendecir a este país y que tendría el mayor avivamiento del hemisferio, va a suceder, y el hecho de que hoy no lo veamos, no quiere decir que no vaya a suceder. Dios le dijo a Habacuc: “aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá” (Habacuc 2:3). A lo que Habacuc respondió que sería responsable con el trabajo que se le había asignado, y más adelante, aunque no veía lo que estaba esperando, permanecería firme en su creer. La duda y la incredulidad nunca van a generar grandes victorias, sino grandes derrotas.

En tercer lugar, hay que romper con la lógica y el razonamiento. Dios no puede ser entendido, solamente obedecido, y la mayoría de las veces que le obedecemos, no vamos a entenderlo. Si Dios nos manda a hacer algo, obedezcámosle, porque Él nos va a bendecir.

En cuarto lugar, mantengamos una visión más grande que nuestras habilidades y posibilidades, porque si nuestra visión es minúscula, así es nuestra fe y nuestro Dios, pero resulta que la Biblia afirma que nuestro Dios es grande y para siempre es su misericordia (Salmo 136:1). No podemos tener un Dios grande y pensar en cosas pequeñas.

En último lugar, para romper las camisas de fuerzas que le impiden a la Iglesia ser la luz del mundo y la cabeza de los montes, hay que tener la actitud y la decisión de arriesgar la reputación, credibilidad y recursos, para de esta manera, hacer lo que Dios nos llama a hacer. Moisés arriesgó su reputación y credibilidad, además, nuestro Señor Jesús también arriesgó muchas cosas, y aun sabiendo que su reputación se iba a destruir, hizo lo que su Padre le envió a hacer; caminó en obediencia a Él. ¡A Dios le agrada más la obediencia que los milagros que podamos hacer en su nombre! Cada acción que hagamos en la tierra debe ir con el propósito de agradar el corazón de Dios.

Cuando estamos dispuestos a romper las camisas de fuerza, estamos dispuestos también a hacer todo lo necesario por cumplir lo que Él nos encomendó. Nuestra preocupación debe estar centrada en lo que Dios dice de nosotros, más que en la opinión de la gente, ¡Dios usa a hombres y mujeres determinados!