“Recuérdale a Dios Sus promesas, no tus problemas”

¿Qué significa la palabra promesa? Equivale a un juramento, en el que Dios se compromete a cumplir Su Palabra. Dios tiene compromiso con lo que Él dice, no con lo que tú dices. Por ello, llamas la atención del cielo y activas las promesas de Dios y ángeles que ministran a favor, cuando le recuerdas a Dios lo que Él ha dicho.

Abraham le creyó a Dios y Dios le hace un juramento, le promete bendecirlo a él y su simiente, a través de la que bendeciría a las naciones. Que haría de él una gran nación – Israel – Dios así lo hizo. Cuando Israel estaba en Egipto siendo oprimido por Faraón, se recuerda de su promesa a Abraham y Dios levantó un libertador. De camino a la tierra prometida, se encontraron con un rey mezquino como lo fue Balac que quiso hacer que Dios se retractara de su promesa de bendición y llama al profeta Balaam, quien se había corrompido con su mensaje, pues le gustaba el dinero más que nada. Solo tenía que maldecir a Israel, y por ello, recibiría dinero. Aunque fue con este propósito, esto fue lo que sucedió:

Número 23: 16-20: “Y Jehová salió al encuentro de Balaam, y puso palabra en su boca, y le dijo: Vuelve a Balac, y dile así. Y vino a él, y he aquí que él estaba junto a su holocausto, y con él los príncipes de Moab; y le dijo Balac: ¿Qué ha dicho Jehová? Entonces él tomó su parábola, y dijo: Balac, levántate y oye; Escucha mis palabras, hijo de Zipor: Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?  He aquí, he recibido orden de bendecir; El dio bendición, y no podré revocarla.”

¡Qué poderosa palabra le dio Dios a este profeta, para que entendamos el carácter de Dios, que lo que promete, lo cumple! Nadie puede hacer que Dios se retracte de lo que Dios ha prometido, y su bendición no puede ser revocado. Dios es fiel a lo que ha dicho.

Hebreos 6:20: “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo,  diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa.  Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación.  Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento;  para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.  La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo,  donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

Cuando recibes a Jesús eres heredero de las promesas de Abraham. Esta Palabra es un ancla para nosotros. La Palabra de Dios tiene promesas para cada necesidad que tengas en tu vida. Debemos recordar lo que Dios ha dicho y recordarle a Él sus promesas. Esta es una de las más poderosas formas de orar. La oración de conmiseración no es efectiva, cuando le recuerdas a Dios tus problemas, te desanimas y te debilitas. Pero cuando oras recordándole a Dios lo que Él ha dicho, esa palabra fortalece tu alma, tu fe se afirma, y Dios activa su respuesta. Orar recordándole a Dios lo que Él ha dicho, llama la atención del cielo y desata el poder en tu oración

Isaías 62: 6-9: “Sobre tus murallas, oh Jerusalén, he puesto centinelas; en todo el día y en toda la noche jamás callarán. Los que hacéis que el Señor recuerde, no os deis descanso, ni le concedáis descanso hasta que la restablezca, hasta que haga de Jerusalén una alabanza en la tierra. El Señor ha jurado por su diestra y por su fuerte brazo: Nunca más daré tu grano por alimento a tus enemigos, ni hijos de extranjeros beberán tu mosto por el que trabajaste; pero los que lo cosechen, lo comerán y alabarán al Señor; y los que lo recolecten, lo beberán en los atrios de mi santuario”. (Biblia de las Américas)

Tu oración debe estar argumentada, fundamentarla en la Palabra, para que tenga sustento en el cielo y el cielo responda. Es lo que Santiago llama la oración de fe, que significa una oración fundamentada en la Palabra de Dios, porque fe es la Palabra en el corazón. Así, sus promesas son ancla para nuestra alma. Argumentar conforme a las promesas divinas llena el cielo de una petición que debe ser respondida. Dios es fiel a su Palabra, Él no se arrepiente de lo que ha prometido. Es muy diferente orar en una postura de víctima, a orar desde una posición de victoria, la cual es la posición correcta, porque a Dios no le mueve la lástima, sino la fe. Le hemos dado tanta importancia a las declaraciones de los hombres de Dios, pero hay que declarar lo que Dios ha dicho. Los que han orado diciéndole a Dios: “Tú dijiste… tú dijiste… tú dijiste”, mañana dirán: “Tú hiciste… tú hiciste… tú hiciste”.

Dios es un buen Padre, y cuando le insistimos en nuestra oración, le estamos diciendo que lo que pedimos es importante para nosotros. Y Dios no miente. El problema es que conoces mucho el problema, pero no las promesas.

Esta es la clase de intercesores que Dios está levantando (Isaías 62:6), que no descansan, sino que persisten, son centinelas que vigilan continuamente. A esta gente, que no suelta su petición hasta que la vea cumplida, y una vez cumplida, la suelta y busca otra hasta verla cumplida también. A estos, Dios les hace esta poderosa promesa del verso anterior.

Lucas 18: 1-8: “También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

Orar siempre y no desmayar es una necesidad. La viuda tenía un derecho legal y demandaba justicia ante el juez, que era injusto, que no hacía por nadie nada, pues no temía a Dios, ni a hombres. Esta viuda venía de continuo, no dejando de insistir, de argumentar y pedir justicia, día tras día. Ella no se decepcionaba, seguía insistiendo, hasta que finalmente el juez, obstinado de la mujer por su “persistencia desvergonzada”, como la describió – según una traducción bíblica – el juez le hizo justicia. Jesús preguntó ante esto, si habría tal fe y gente orando de la misma manera en la tierra cuando viniera el Hijo del Hombre.

Dios no es un juez injusto, Jesús es nuestro abogado, y si nos presentamos ante Él con evidencias bien sustentadas, Él responderá. La forma de hacerlo es apelando a las promesas que Dios mismo ha hecho, así como la Constitución es el fundamento legal para pedir justicia en la tierra, la Biblia es nuestra Constitución para sustentar nuestra oración. Él dará buenas cosas a los que se las pidan. Es tiempo de argumentar nuestra oración, y llegará el momento en que sabrás esa Palabra de memoria y estará guardada en el corazón; y al poco tiempo la verás cumplida. ¡Recuérdale a Dios Sus promesas, no tus problemas!