El poder del que ora

2 Corintios 4:7 – 10: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.”

Somos vasos de barro, y eso nos lleva a reconocer que tenemos debilidades, imperfecciones y que somos frágiles. No nos compara la Palabra con vasos de oro, o de un metal fuerte, sino con un vaso de barro, indicando esto que, del polvo fuimos tomados y que en nosotros hay grande debilidad. Ahora bien, la debilidad es todo aquello en lo que requerimos ayuda, y es que, nosotros somos insuficientes o incapaces para alcanzar ciertas cosas, tenemos habilidades limitadas que nos hacen entender que no somos Dios, sino hombres, aunque dice el Salmo que poco menor que los ángeles nos ha hecho (Salmo 8:5), y a imagen y semejanza de Dios, (Génesis 1: 26), pero en un estado de debilidad.

Pablo, en un momento de su vida se consiguió que, por causa de sus grandes revelaciones, se le fue enviado un mensajero de Satanás que le abofeteaba, y Pablo hace mención que en tres oportunidades le pidió a Dios la ayuda, y la respuesta del Padre fue: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12: 7 – 9). Esta escritura no dice que Dios no quiso ayudar a Pablo, sino que este hombre, por medio de la oración, hiso algo poderoso. Y fue cuando Pablo empezó a reconocer su debilidad ante Dios, que activó algo muy importante: la gracia de Dios. El llamado del Padre a Pablo fue a gloriarse en sus debilidades, y a dejar de confiar en sus habilidades o poderes, para depender totalmente de Él, pues, su gracia le sería suficiente.

Al orar estamos activando esa gracia sobre nosotros, ya que estamos reconociendo que necesitamos de Dios, y que sin su ayuda no podemos hacer nada. En ocasiones queremos ser tan perfectos, pero la única forma de serlo es mediante la comunión con Dios, y en cuánto dependamos de su gracia. Por eso, debemos apropiarnos de esa gracia, debido a que la única manera de ser intachables, es a través de la gracia de Dios. Cuando venimos a orar, estamos activando que del  trono de Dios venga misericordia, para que aún siendo débiles, podamos ser fuertes en las fuerzas de Dios.

La oración nos hace fuertes y poderosos, porque todo lo podemos en Cristo, y no es por nuestra fuerza, sino la de Él en nosotros. Cuando oramos, estamos haciendo uso de los recursos del cielo, tenemos ahora las armas que son poderosas en Dios para destruir toda fortaleza, así que no importa qué tan grande sea nuestro oponente, en Dios, tenemos armas que no son carnales, sino poderosas en Dios para destruir las asechanzas del enemigo (2 Corintios 10:4). Además, cuando oramos, tenemos el poder de autorizar o desautorizar en la tierra, porque todo cuanto atemos en la tierra será atado en el cielo, y lo que desatemos en la tierra será desatado en el cielo (Mateo 18: 18). ¡Hay poder en la oración!

Al orar, no dejamos de ser vasos de barro, pero nos volvemos poderosos, ahora tenemos la autoridad de entrar en el mundo espiritual y conocer lo que Dios ha preparado para nosotros; hacemos un canal entre lo invisible que está en el mundo espiritual, y lo visible, para así traer lo que no se ve a lo que se ve. Igualmente, cuando oramos, estamos abriendo una puerta para que el cielo venga a la tierra; también, nos exponemos a Dios para que el pueda corregir nuestras debilidades.

La oración nos da poder porque nos conecta con el Todopoderoso. Asimismo, al hacerlo, estamos abriendo una puerta para la bendición acá en la tierra. ¡La oración es una gracia que nos fue entregada!