“¿Para qué envió Dios a su Hijo al Mundo?”

 Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Jesús dijo: “Las palabras que yo hablo son espíritu y son vida”. Hay cosas que no se pueden aprender, solo se captan, pues no se reciben por conocimiento sino en el corazón; esto es espiritual. De esta manera, no hay forma de entender el amor de Jesús, solo se recibe por medio de la fe.

El mensaje que Jesús trajo a la tierra no fue de prosperidad, de sanidad, o de libertad, aunque sí ministró prosperidad, sanidad libertad e hizo muchos otros prodigios. De igual manera, tu vida no es nada más lo que ves ahora, tu vida es eterna. Hemos olvidado el verdadero propósito por el cual Jesús vino.

Él vino para darle vida a lo que estaba muerto. Jesús vino principalmente para darte la eternidad. No podemos predicar mensajes para acomodar a la gente a esta tierra, pues lo que importa no es lo temporal; debemos predicar mensajes para preparar a la gente para la eternidad.

El Apóstol Juan tenía una revelación clara del amor de Jesús, pues había recibido la impartición del Cielo sobre este amor, mientras pasaba tiempo junto a Jesús. A pesar de tener tal revelación de la magnitud del amor de Dios, al escribir sobre él, no encontró una medida que se le igualara, por esto dijo: “De tal manera…”.

Nosotros, como humanos, estamos acostumbrados a las medidas y a ponerle números a todo, pero al amor de Dios no le podemos exigir lo mismo.

La Biblia está llena de promesas, pactos y juramentos. En el tiempo del Antiguo Testamento, los hombres juraban por uno mayor a sí mismos. Al respecto, Pablo dice: “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo” (Hebreos 6:13). Es imposible que Dios se arrepienta de un juramento o una promesa que haya hecho. Lo que Dios dice, permanece.

Algunos tienden a creer que Dios les ama por cómo se ven, por la aprobación de las personas o la valoración de los demás. Dios no es igual. Si la gente no te valora, Dios sí te valora; si la gente no te ama, Dios sí te ama; si la gente no te acepta, Dios sí te acepta. Mientras estés ocupado en buscar la aprobación de las personas, nunca conocerás la verdadera aprobación de Dios, pues él no te aprobará por lo que hagas o por lo que tienes, Dios te aprobará porque te ama.

El amor de Dios, no necesita la aprobación del hombre; el amor de Dios ya ha sido dado. Las promesas de Dios nos fueron regaladas como herencia por ser hijos de Dios, no se ganan. Cuando reclamamos las promesas, las respuestas de Dios son el “sí” y el “amén”.

En el mundo, las normas son “recibir de acuerdo a lo que damos”. Un ejemplo de esto, es el del traficante que es condenado a cárcel por su delito; aunque se arrepienta, no podrá esquivar el hecho de pagar por sus actos y recibir el castigo.

¡Pero con Dios es diferente! Su gracia nunca será justa conforme a lo establecido por el hombre. Si confiesas todos tus pecados, Él, que es fiel y justo, te perdonará. No intentes ponerle límites al amor de Dios; su amor no se basa en una carrera de méritos para ganarlo, porque ya ha sido dado, aun sin haber hecho nada para obtenerlo.

¿Por qué Dios hizo este sacrificio? Para demostrarnos cuánto valemos. Lo que tiene precio, se compra, mas lo que tiene valor, se conquista. El amor de Jesús no obliga a nadie, simplemente le conquista.

Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Dice Juan, que Dios nos ha amado tanto, que aun siendo pecadores nos ha dado su amor, y no a partir de ser “cristianos” y hacer las cosas bien. A Dios no le importó nuestro pecado para amarnos.

Romanos 5:8: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

 El mundo te valora por cómo te vistes o por lo que eres, pero Dios te ama por encima de todas tus fallas o errores. En algunos lugares, si una persona ha pecado o se ha equivocado, buscan la manera de cómo disciplinarlo porque la Biblia habla de disciplina; y sí, es cierto que la Biblia habla de disciplina, pero la que aplican es basada en leyes humanas. Un castigo es un pago por un delito, por esto, las cárceles de Latinoamérica están llenas de gente castigada, y Dios no quiere que el Cielo sea una cárcel llena de personas castigadas. Se ha comprobado que este sistema no ha logrado cambiar ni restaurar a nadie.

El hombre castiga, mas Dios restaura. Esto significa que Dios, en vez de alejarte de lo que perdiste a causa de una debilidad, desea restituirte para que recuperes lo que perdiste. Asimismo, los publicanos y pecadores anhelaban estar junto a Jesús, porque no los castigaba o los condenaba, sino que los restauraba.

La disciplina de Dios busca volverte al lugar del origen. El hombre ve la disciplina como un castigo, pero Dios disciplina para restaurar.

El amor de Dios es para todos, no para una clase o élite religiosa. Jesús es de las multitudes. Dios, dio su amor al mundo, “para que todo aquel que en él crea, no se pierda…”. ¿Para qué vino Jesús? Para ser mediador entre Dios y los hombres, y unir al ser humano con el Reino de los Cielos. ¿A quién escoges para ser tu mediador al recibir sanidad, bendición o provisión?

1 Pedro 1:16: “porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”.

El sistema religioso establece: “Ten obras, y serás santo”; mientras que Dios dice: “Sé santo, y tendrás obras que demuestren esa santidad”. Entendamos el verdadero significado de la santidad: amar a Jesús y seguir sus pasos.

Jesús no murió para que solo disfrutáramos de lo terrenal, sino para que viviéramos por la eternidad. Vive para lo eterno, y tendrás éxito tanto en la tierra como en el Cielo. Si Dios te da la oportunidad de tener todo lo que quieres, disfrútalo, pero de no ser así, consuélate en que esto es pasajero, y en la eternidad no habrá ningún mal, no te faltará nada ni existirá enfermedad. Si hoy no tienes algo, cree que en el Cielo lo tendrás. No hay forma de tener acceso a los tesoros de Dios si no crees. ¡Cree y arrebata todas las promesas de Dios para ti!