Orando por sanidad

Santiago 5:13-15: “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados”.

Todos necesitamos algún tipo de sanidad, sea espiritual, emocional o física, por eso es tan importante la oración de fe, como también, rodearnos de personas que oren. Cuando la fe se levanta, Dios nos entrega lo que le pedimos, y la autoridad para hacer obras sobrenaturales. En ocasiones, milagros suceden frente a nuestros ojos, y aún así, nos cuesta creer. Dicen las Escrituras que si creemos, veremos la gloria de Dios (Juan 11:40); entonces, creamos, porque hay un milagro para nosotros; recordemos que Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos de los siglos (Hebreos 13:8). Dice la Biblia que nuestra oración de fe salvará al enfermo, y le sanará. Atrevámonos a orar tomando la autoridad como hijos de Dios y creyendo que Dios puede obrar sobrenaturalmente en nuestra vida.

Santiago 1:5-6: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.”

Trabajemos la fe en nosotros para que la incredulidad desaparezca. Hay gente que pide, pero no sabe recibir; debemos pedir creyendo que ya tenemos lo que hemos pedido. La duda no nos deja recibir, es decir, nos impide tomar nuestro milagro, nos hace divagar, para que no recibamos lo que hemos estado esperando. Creamos que lo que hemos pedido, ya lo recibimos, no importando que lo que veamos frente a nuestros ojos sea algo diferente.

Marcos 1: 40-41: “Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio”.

Cuando atravesamos por situaciones difíciles, perdemos la revelación del amor y la misericordia de Dios para con nosotros; pero, no dudemos, hay que pedir con determinación, y no con la sensación que de Dios no quiere hacerlo. A veces Jesús tiene que darnos un sacudón para que la duda y falta de fe salgan de nosotros. Dios no nos llama para vergüenza, nos llama para honrarnos. Jesús nos dice hoy: ¡Sí quiero, sí puedo, y voy a darte tu milagro! ¡Él va a sanarte!

Renunciemos a la duda, a la incredulidad y al temor, e invoquemos el nombre de Jesús, y nuestro milagro será hecho. ¡Hay un milagro para nosotros, así que empecemos a desatar esa unción de sanidad!