No le hagas habitación a la tormenta

Todos pasamos por dificultades, y cuando estas tocan a nuestra puerta, la mayoría de las veces es sin aviso. Ante ellas, tenemos dos opciones: dudamos de que Dios puede ayudarnos, o creemos que sí lo puede hacer. Nadie dijo que con Dios sería fácil atravesar dificultades, pero sin Él será imposible pasar a través de ellas. Hay tormentas que llegan con mucha fuerza, pero pasan de forma muy rápida, hay otras que llegan con la misma intensidad, pero para quedarse por mucho tiempo; esta última nos golpea, nos hace llorar y viene con la intención de permanecer, pero recordemos que la Biblia nos enseña que todo es pasajero.

Salomón nos dice que todo tiene una fecha de caducidad, porque así como algo comienza, de igual forma termina; también Jesús dijo que el cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra no pasará. Aunque la tormenta venga para quedarse, nosotros tenemos el poder de decidir si se quedará o no, y la única manera de que la tormenta se quede, es que le hagamos habitación en nuestra vida. No debemos darle eternidad a lo que Dios le puso fecha de expiración. No importa qué clase de aflicción llegue a nuestra vida, ellas no son eternas, tienen fecha de expiración.

Aunque la noche sea muy larga, siempre llega su final, y luego, el nuevo amanecer. Pero cuando le hacemos habitación al dolor o al odio, (entiéndase que, hacerle habitación es acostumbrarse a esa situación) le estamos dando permiso para que permanezca en nuestra vida. No compartamos la eternidad que Dios ha colocado en nuestras vidas con la tormenta, porque ella es pasajera. Pablo le llamó a la tormenta “leve tribulación”.

Jesús dijo que todos atravesaríamos adversidades, pero que no todos saldríamos de ellas de la misma manera. Y es que, al pasar los problemas, solo aquellos que tienen fundamento quedan firmes, porque Dios no trabaja con nuestra superficie, sino con nuestra profundidad. Escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica nos hará fuertes para resistir en el día malo.

Cuando le hacemos habitación a la tormenta comenzamos a alimentarnos de lo que ella dice y dejamos a un lado las palabras que vienen de la boca de Dios. Esto nos lleva a dudar de la presencia de Dios y a pensar que Él es real para otros, pero para nosotros no. Es necesario creer que Dios puede sanar, prosperar, cuidar, no solo a otros, sino a nosotros también.

Nuestro enfoque debe estar siempre en Dios y no en la tormenta, permanezcamos concentrados en lo que Él dice. David, en medio de su tormenta comenzó a pensar en todo lo que Dios le había dado; y es que, ocasionalmente, en medio de la tormenta, nos enfocamos en lo malo, pero lo correcto es meditar en lo que Dios nos ha dado y nos dará, porque así como Él ha actuado en nuestras vidas en el pasado, lo volverá a hacer. Esto nos llevará a tomar fuerzas para esperar en Dios y en lo que Él nos ha prometido. En medio de la tormenta, esperemos creyendo y confesando la Palabra.

El salmo 42 nos enseña tres principios: en primer lugar, cuando nos alimentamos del dolor o de las lágrimas hacemos permanente lo que tiene fecha de expiración. Segundo, nos enseña que debemos enfocarnos en Dios y no en la tormenta. Tercero, elegir confiar en Dios. David decidió en medio de la tormenta confiar, creer y esperar en Dios y fue librado de la tormenta. Esta es la respuesta de quienes en medio de la adversidad deciden confiar en Dios, creyendo, orando, alabando y esperando con paciencia.

¡Dios hará algo nuevo para los que esperan con paciencia! Nuestro milagro está por llegar, esperemos pacientemente.