Si lo oyes de Dios, lo recibirás

Isaías 50:4 – 5: “Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios. Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás.

Los momentos más determinantes de mi vida han venido de un encuentro, en el que he podido oír con claridad la voz de Dios, para un asunto en particular, y creo que este momento es profético para esta nación. Este es el tiempo en el que Dios va a anunciar lo porvenir, que cambiará totalmente el rumbo de nuestras vidas. Ahora bien, cuando necesitamos un cambio en una circunstancia, es esencial recibir una palabra de Dios, porque cuando ella llega, podemos tener la seguridad de que viene con respuestas, y con la fe para recibir el milagro.

Dios va a hacer específico y detallista con lo que va a hacer con nosotros. Hay un nivel al que Él quiere que lleguemos, en el que nuestro oído es despertado para que escuchemos las cosas puntuales que Dios hará, lo que permitirá que estemos bien afinados para lo que viene. Además, cuando somos llevados a ese nivel, en el que escuchamos atentamente sus palabras, no somos más rebeldes, y se despierta en nosotros una fe para no volver atrás, lo que anuncia que nuestro milagro está muy cerca. En este punto, ya Dios ha tratado con muchas cosas en nuestra vida, que no nos dejaban avanzar y sabe que nuestro corazón ha sido cambiado, y que estamos dispuestos a obedecer lo que hemos oído.

Hay cosas que no oímos, porque no tenemos la valentía y nobleza para accionar en lo que Dios nos hablará, pero cuando Él trata con esas áreas, oímos lo que no estábamos oyendo, estamos listos para obedecer, y algo sobrenatural sucede. Creo que Dios está trayendo una palabra profética, que está despertando el oído de un pueblo, para oír lo que en otro tiempo no estábamos escuchando.

Eduquemos nuestro oído y pongámoslo en sintonía con el idioma del cielo: la fe, porque Dios no habla conforme a los hombres, sino conforme a su verdad, a su eternidad, y a su Palabra. Elevémonos a la dimensión que Dios quiere llevarnos, para así entender lo que Él habla. Dios no habla de que recibiremos algo, sino de que ya lo tenemos, no habla de que algo será, sino que nuestra bendición ya está. Él vive en un eterno presente, y la palabra que viene de su boca nos mete en su tiempo, en el que sentimos la convicción de que el milagro que hemos pedido ya lo recibimos, porque basta que creamos la palabra, para que el tiempo de Dios se manifieste en el tiempo de los hombres. Cerca de nosotros está la Palabra y cuando la confesamos, activamos el ahora de Dios para nuestra vida. ¡Todo se acelera cuando nuestro oído se abre!

Lo que Dios quiere hacer en nuestra vida es ahora, ¡hoy es el día de nuestro milagro! Pero, para ello debemos subir al monte, disfrutar en ese lugar de su presencia, y esperar con paciencia a que llegue. Además, es necesario entrenar el alma, renovar la mente para oír a Dios y obedecerle, porque ello hará que nuestros días terminen en bienestar. Pidamos a Dios que despierte nuestro oído, y que nos eleve a sus alturas, porque allí hay un mensaje que Dios quiere que oigamos, y ese puede ser el mensaje que traiga cambios definitivos a nuestras vidas y país.