“La seguridad de mi respuesta”

Cuando oramos, debemos tener la seguridad de que Dios va a respondernos. Él no está obligado a decir que “sí” o “no” a mi petición, pero cuando oramos con fe, se encuentra obligado a responder. La Biblia es clara cuando dice “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”. Si usted no tiene seguridad al orar, entonces no está orando efectivamente. El que se acerca a Dios, debe creer que Él le está oyendo; de lo contrario, perderíamos el tiempo en hablarle a alguien que no nos escucharía. Nuestra mente siempre nos hace creer razones para no orar, como las siguientes: “Dios no me oirá”; “la vida que tengo no me hace merecer que Dios me escuche”; “mi oración no es tan importante como la de otros”, o “Dios está muy ocupado como para atenderme”. Sin embargo, si usted ve a su alrededor, se dará cuenta que el hecho de no orar en estos tiempos, es equivalente a un suicidio, por lo vital que es para nosotros. ¡Dios vive en ti! Es imposible que hablemos, o tener un pensamiento en la mente, y que Él no la sepa. ¡Dios te oye!

  1. LO QUE ME ESTÁ PASANDO, SE SOLVENTARÁ

Job 23:3-4: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su silla. Expondría mi causa delante de él, y llenaría mi boca de argumentos”

Lo primero que usted debe definir en la oración es la percepción que tiene acerca de Dios. Job tenía la seguridad de que si lograba hablar con Dios, su problema se arreglaría. A un hombre que no tiene la seguridad de que su problema será resuelto al hablar con Dios, de nada le servirá orar. Es necesario entender que la solución está en Dios. Cuando alguien se encuentra muy desesperado por hablar con otra persona antes que Dios, es porque está seguro que Él no lo escuchará. Job entendió que Dios era el único que podía atender su situación, y de nada servirían sus hipótesis. Todo lo que usted crea que es la respuesta o solución a su problema, es su percepción y su idea; pero no hay nada mejor que las soluciones que Dios tiene. Deja de buscar por fuera a Dios, Él está en ti. ÉL ES TU SOLUCIÓN Y VIVE DENTRO DE TI.

  1. DIOS ME ATENDERÁ

Job 23: 5-6: “Yo sabría lo que él me respondiese, y entendería lo que me dijera. ¿Contendería conmigo con grandeza de fuerza? No; antes él me atendería”.

Cualquiera que ora, debe hacerlo con la convicción que Dios lo atenderá, sin importar cuántas debilidades pueda tener y Job lo sabía. Jesús no murió desangrado en una cruz, para luego darte la espalda, o morir para salvarte y luego dejarte morir de hambre. ¡JESÚS TE VA A ATENDER! En el tiempo de Job, el Espíritu Santo no vivía dentro de las personas, pero ese problema ya está resuelto, pues Él vive dentro de nosotros. Apenas diga “Padre nuestro” o “En el nombre de Jesús”, comienza a tener la atención de todo el Cielo sobre usted. Jesús se lo explicaba a sus discípulos un día: “Hasta ahora, nada habéis pedido al Padre en mi nombre”; o sea, Jesús le quiso decir que no estaban usando los canales regulares, pero el día que comenzaran a ponerlo en práctica, Dios les daría lo que pidieran. Él no le hizo ningún comentario acerca de sus peticiones, y de algunas condiciones en lo que debían pedir; al contrario, les transmitió la seguridad de que Dios les respondería. Usted no puede vivir en un vacío existencial, pensando que Él nunca le atenderá.

  1. MIS ARGUMENTOS DEBEN SER COHERENTES

De nada serviría tanto esperar para encontrar a Dios, y cuando lo encuentre, no sepa qué decirle. Muchos se excusan diciendo que Él ya conoce todos sus pensamientos, y que de nada vale orar, pero esto no es cierto. Si no fuera verdad, Jesús no hubiese dicho: “Pidan a mi Padre en mi nombre”. No podemos tratar a Dios como si Él simplemente sabe todo, y no necesita que le expresemos nada.

Cuando vamos a plantearle a Dios una petición, debemos tratar de argumentarle nuestra petición de forma coherente, tener los puntos claros y las razones por las cuales debería recibir lo que pedimos.

Isaías 41:21: “Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob”

Dios siempre hará su voluntad, pero es importante y necesario que le expliquemos con claridad lo que queremos. Hay que saber acercase al Único que tiene lo que necesitamos. La Biblia dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal…”. Yo le aseguro que si usted comienza a argumentar su causa y petición, su respuesta llegará rápidamente. El problema es que nos han hablado de la oración de una forma tan simple, que pensamos que no es necesario prepararnos para hablar con el Señor del Universo.

Muchas veces, Dios fue convencido de cosas que aparentemente Él no iba a hacer. Josué es uno de los ejemplos, cuando hizo que se detuviera el sol, para acabar con el pueblo enemigo; Moisés, oró para que Dios se arrepintiera del mal que pensaba hacer; luego de darle un argumento, se atrevió a decirle que se arrepintiera… ¡Qué difícil vivir después de decirle a Dios semejante cosa!; así también es el caso del rey Ezequías, cuando recibió un diagnóstico por parte de un profeta, quien le anunció que moriría al día siguiente. Ante esto, él le pidió a Dios que le diera más años de vida, argumentándose en que no habría alguien en la tierra que le adorara mejor que él, entonces Dios le concedió 15 años más de vida. Ninguno de estos hombres oró como para causarle lástima a Dios.

Josué 7:7-9: “Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! ¡Ay, Señor! ¿Qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?”.

Nunca funcionó justificar el pecado; nunca lo use para argumentar su petición. Josué sabía que no había nadie más que pudiera llevar el nombre de Dios en alto, sino ellos – el pueblo de Dios –. Entonces, no sé qué tan imperfecto o débil sea usted, pero somos los únicos que podemos hacer que el nombre de Jesús sea levantado. Para usar este argumento, hay que tener moral. Lo que cuenta no son tus debilidades, sino tu servicio a Dios. Buscamos gente para calificarlas y no para descalificarlas, y Dios es quien las capacita; porque, sinceramente no hay nadie que tenga la moral para descalificar a otro.

Daniel 9:17-18: “Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias”.

Este es un argumento poderoso. Daniel, a pesar de ser un gran hombre de oración, reconocía que no tenía la justicia suficiente para llenar las exigencias o requerimientos del Cielo, así que le pidió a Dios que escuchara su oración – no por lo que ellos eran – sino por sus muchas misericordias.

A diferencia de la historia de estos hombres de oración, influencia y altos niveles sociales, está el caso de una viuda desvalida que vivía en el anonimato; por lo tanto, no apeló a su nombre ni a su nivel de influencia para exigir una respuesta. Ella se dirigió al rey de su ciudad para atender su necesidad, diciendo: “Hazme justicia…”. (Lucas 14:3). Dios es bueno, pero también es justo. Uno de los argumentos que usted debe usar, es – sin duda alguna – la justicia de Dios.

Isaías 64:6-8: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades”.

No merecemos nada; por eso, uno de nuestros argumentos debe ser saber que Dios es “Padre nuestro”. Cuando usted ore y hable con Dios, no se lo imagine como un castigador sin misericordia, o alguien injusto o pequeño. Por encima de todo, es SU PADRE. Cuando te acercas a Dios, Él no está deseoso de hacerte ver quién eres, sino de mostrarte quién es Él.

  1. DIOS ES MI PADRE

Isaías 64:6-8: “Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros”.

El hombre que ora en este pasaje, reconoce que todos estaban llenos de maldad y pecados, pero no se acercaban a Dios por lo que son y porque sean malos, sino porque Él es bueno. Aquí, endosaba el éxito o el fracaso de su formación al que podía formarlos – no al formado, sino al formador –. Es decir, no fue a Dios por tener mala forma, sino porque Él es su formador, y aunque no tuviera la mejor forma, le pedía a Dios que lo formara para poder ser el resultado que debía alcanzar. Necesitamos un corazón corregible y un espíritu enseñable.

Lucas 15:16:“Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.  Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”.

Como relata el verso anterior, el hijo pródigo volvió en sí y recapacitó dándose cuenta de su error, pero tomó la decisión de levantarse y volver con su padre. Qué poderoso es cuando usted sabe que se dirige a su Padre y no a un juicio o a un castigo, aunque sepa que necesita corrección, porque un padre jamás hará algo que perjudique a su hijo.

A Dios no le importará que llegues rodeado de pecado, de errores y fallas; al contrario, Él se alegra cuando un hijo suyo se acerca a Él de nuevo. Usted no se acerca a hablar con un juez, sino con su Padre que “envió a su propio hijo a morir por usted, para que todo aquel que en Él crea, no se pierda mas tenga vida eterna”. Esta es la vida eterna: Que conozcamos al Padre, y a Jesús, su Hijo. Usted orará de ahora en adelante con la revelación de que Dios es su Padre y usted, su hijo. ¡Sus errores no descalifican su condición! ¡Él no le espera como un pecador; Él le espera como un hijo!