La oración eficaz

Lucas 18:1,7: “También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar…” “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?”

La oración debe ser una necesidad, y no una obligación; sin embargo, aunque al principio podamos hacerla por obligación, llegará el momento en el que dejará de ser una rutina y se convertirá en una necesidad, en un tiempo de comunión con nuestro Creador. La oración es ese puente que nos lleva al conocimiento de Jesús, y una vez que descubrimos ese puente, se hace muy difícil que volvamos atrás. Jesús nos refirió la necesidad de orar siempre, y no desmayar, y no solo debemos hacerlo en la iglesia, en compañía de todos los hermanos, sino en intimidad, pues de allí, deriva un contacto genuino con Dios.

Cuando oramos, el Espíritu Santo se acerca a nosotros, y no hay otra persona que conozca mejor a Dios que Él. El Espíritu Santo nos revela en oración la figura del Padre. Orar es tener un dialogo con Dios, no un monologo, por ello, en este acto debe estar implícita la fe, pues debemos esperar la respuesta del Padre. Por tanto, debemos detenernos a escuchar lo que Él tiene que decir, no solo exponer nuestras quejas y peticiones sin lugar para un intercambio de palabras.

Perder el contacto con Dios es sencillo; lo hacemos cuando dejamos la oración a un lado, y Dios desea que, como sus hijos amados, no perdamos esa comunicación con Él, porque esto puede dañar nuestro futuro y el destino que Él nos fijó. Aunque pasemos por desiertos, nunca dejemos de intimar con Dios.

Lucas 17:12-19: “Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

La oración puede tener peticiones incluidas, pero debe estar enfocada siempre en que las respuestas que obtengamos, sean positivas o negativas, den toda la gloria a Dios; además, debe tener implícita acciones de gracias.

Lucas 18: 9-14: “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

La oración debe hacerse con humildad, sencillez y en total rendición. Oremos humillados bajo la poderosa mano de Dios y Él no exaltará cuando fuere tiempo (1 Pedro 5:6). Vamos a imprimirle a nuestra oración acciones de gracias, y hagamos de ella una necesidad diaria y constante.