La oración del que sirve

Dios nos da promesas en su Palabra cuando somos siervos de Él. Siervo de Dios no es una persona que carga una Biblia bajo el brazo o que posee un carnet que lo acredita como tal, un siervo es conocido por su corazón. Cuando Dios dice que viene a buscar siervos de Él, está hablando de corazones que tengan una actitud de servicio.

La palabra “siervo” se traduce en aquel que hace lo que otro dice. Servir a Dios no es hacer solamente lo que nos gusta, sino lo que Él desea que hagamos. Jesús en una parábola habló acerca de que algunos vendrán a Él diciéndole: “En tu nombre hicimos esto o aquello, y servimos” (Mateo 7:22) y Jesús les dirá: “Aparatados de mi hacedores de maldad” (Mateo 7:23), porque siervo es aquel que hace lo que se le ordena. Jesús en el Getsemaní le dijo a Dios: “Si es posible pasa de mi esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mateo 26:39), eso solo lo puede decir alguien con un corazón de siervo. Muchos sirven a Dios, pero cuando les toca el momento del Getsemaní, que es cuando nos tocan nuestras conveniencias, gustos y deseos, decimos: “yo no quiero hacer eso”, y es allí cuando no aplicamos para ser siervos de Dios.

Cuando oramos y no somos siervos, “podemos” ser oídos por el Cielo, pero cuando oramos y somos siervos, “debemos” ser oídos por el Cielo, es decir, hay un deber y una promesa de Dios de que debemos ser oídos cuando somos siervos.

Apocalipsis 7: 2-3: “Vi también a otro ángel que subía de donde sale el sol, y tenía el sello del Dios vivo; y clamó a gran voz a los cuatro ángeles, a quienes se les había dado el poder de hacer daño a la tierra y al mar, diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios”.

Cuando recibimos a Jesús, con ese acto también se nos es colocado un sello que simboliza que somos de Él, y ese sello lo reconoce la enfermedad y las tinieblas; y quizá nos pueda tocar algún mal, pero así como vino, se tiene que ir, porque hay un sello sobre nosotros. El corazón de servicio es el que nos da el sello de siervos de Dios. Un siervo es simplemente el que hace lo que otro le dice. Dios viene a buscar siervos de Él, que contengan un sello en su frente que confirma que fueron apartados para un servicio a Él.

Malaquías 3:13-18: “Vuestras palabras contra mí han sido violentas, dice Jehová. Y dijisteis: ¿Qué hemos hablado contra ti? Habéis dicho: Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos? Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon. Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve”.

Dios no tiene privilegio de que nosotros le sirvamos, somos nosotros los que tenemos un privilegio de servir a un Dios tan grande. El Padre tiene memoriales, y estos fueron hechos para que Él no olvide la promesa que hay sobre sus siervos. Dios hará distinción entre aquel que le sirve y entre aquel que no. Por eso, cuando un siervo ora en la iglesia, el Cielo oye.

Un siervo de Dios no solamente se caracteriza por servirle a Él, sino por también mantener una postura de servicio con sus hermanos. Cuando servimos a nuestro prójimo, estamos sirviendo también a Dios. Es necesario que el siervo mantenga su postura de servicio aunque no reciba un premio. Cuando renunciamos a nosotros mismos para hacer la voluntad de Dios y servirle a otros, somos recompensados.