“Jesús no vino a condenarte”

Estamos en tiempos que debemos estar atentos, porque no podemos perder nuestro destino profético por culpa de nuestros pensamientos o actitudes. Existen momentos específicos en nuestras vidas que no se pueden perder, ya que luego no lo podrás recuperar.

El libro de Apocalipsis establece que vendrán tiempos difíciles, pero es necesario buscar la presencia de Dios. Existen muchas personas que no han tenido un encuentro personal con Jesús, pero cuando lo conozcan serán cambiados porque Él todo lo transforma.

Jesús fue claro cuando dijo “Dios no me ha enviado para condenar a las personas, Él me ha enviado para salvar al pecador”. Vemos el caso de la mujer adúltera que fue presentada delante de Él, pero no la condenó.

Los religiosos piensan que mientras más leyes apliquen las personas dejarán de pecar, pero no es así, lo único que puede acabar con el pecado se llama la sangre de Jesús. Vivir bajo el pacto de la gracia no nos da autorización para pecar. Pablo, un hombre con la mayor revelación de la gracia de Jesús, le escribió a Timoteo, diciéndole que predicara la Palabra de Dios, palabras que redarguyan y exhorten en el corazón de los oyentes a no desobedecer a Dios.

Nosotros como cristianos debemos entender que la Palabra de Dios te consuela, pero también te corrige, es por eso que debemos entender que Dios nos ama como un buen padre y que venimos a la iglesia para recibir una palabra que nos ayudará a crecer espiritualmente.

Números 21:4-9 Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel.  Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo. Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre un asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”

En este pasaje vemos como el pueblo de Israel se rebeló contra Dios y Moisés la autoridad que Él colocó, pero Dios le dio libre albedrio al pueblo de decidir su camino, pero si quería salvarse debía mirar a la serpiente que había creado.

Este mismo pasaje Jesús lo citó en Juan 3:14 – 15 “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Es necesario que Jesús sea levantado en una nación, todo aquel que reconozca que tenga pecado y crea en Él será salvo de toda enfermedad y error. El pecado es un veneno que te lleva a la muerte, pero si deseas ser libre de la esclavitud del pecado levanta tus ojos a Jesús. Cuando Jesús es levantando en un país, una iglesia y una familia, todo aquel que crea en el será salvo.

La ley no fue dada para salvar a nadie, esta fue dada por Dios para señalar el pecado, así como el diagnóstico descubre la enfermedad para ser eliminada. Jesús es el antídoto para erradicar el pecado. Jesús no vino al mundo para condenar sino para sacarnos del pozo del pecado. Los mandamientos de Dios son para guardarte y salvarte, no para condenarte.

La ley no fue dada para salvar a nadie, esta fue dada para señalar el pecado, por eso Pablo dijo que la ley no es mala porque ésta te lleva a Jesús. Cuando muchos están cargados de pecados y la ley los redarguye en sus corazones, corren a Jesús para ser perdonados.

Juan 3:16-18 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.  Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Lo que te condena es vivir en pecado, amando las cosas del mundo y no las de Dios. No podemos decir que Jesús condena a alguien porque Él no vino al mundo para condenar, ni murió en una cruz para ello. Todos en este mundo estábamos en un hueco muy profundo, pero Jesús vino a salvarnos y esto le costó su vida en una cruz. Los “no” de Dios son para cuidarte y salvarte, porque Él te ama y no quiere perderte.