Jesucristo el sanador

Mateo 4:23-24: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó”.

La Biblia guarda un registro de las promesas de Dios para el hombre; ella nos narra todos los deseos y la voluntad de Dios para con la humanidad; también, contiene las condiciones bajo las cuales Él va a cumplir estas promesas. Nuestro deber es pedir la revelación y prestar atención a lo que las Escrituras nos enseñan. Cuando estamos pasando por aflicciones de cualquier tipo, lo mejor que podemos hacer, es abrir nuestro oído con una demanda en la Palabra de Dios, para creerla y aferrarnos a ella por nuestro milagro.

Jesús recorría los lugares buscando un corazón que oyese, pero también que creyese y se atreviera a caminar con la valentía y la fe en esa palabra; y luego que predicaba y veía que la fe del pueblo se levantaba, comenzaba a sanarlos. Jesús, desde el comienzo de su ministerio, se compadeció de aquellos que se encontraban enfermos; siempre los atendía, no solo predicaba, una vez que lo hacía, empezaba a ministrar la libertad, la salvación y la sanidad en todas las áreas. Jesús tiene el remedio para las enfermedades del espíritu, las del alma, pero también las del cuerpo.

Cuando el hombre peca deliberadamente, la maldición toma cabida en él y cobra fuerza en su cuerpo, debido a que las enfermedades vinieron como consecuencia de la desobediencia y la caída de un hombre, y por medio de ese pecado, entonces se transfirió a toda la humanidad; pero, así como la maldición entró por un hombre, así también la bendición entró por uno, Jesucristo, para que todos aquellos que creen disfruten de ella. En Cristo Jesús, y por la fe en su Palabra, todos tenemos derecho a la bendición, y no a la maldición; a la sanidad, y no a la enfermedad. Como hijos de Dios tenemos derecho a creer estas cosas.

Mateo 5:35-36: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”.

Jesús no solamente estaba esperando que lo buscasen, sino que, Él andada buscando, salvando y sanando. Dios nos ha atraído hasta Él con lazos de amor, fue Él quien propició el momento cuando nos encontramos con Jesús, porque su propósito es sanarnos, libertarnos y rescatarnos. ¡Dios nos buscó, porque quiere hacer un milagro con nosotros!

Jesús tiene potestad para perdonar nuestros pecados, y para sanar nuestro cuerpo. Mucha gente es sana, pero no salva, y el regalo más grande que podemos recibir es la salvación, porque cuando Dios nos salva, en ese regalo viene incluida la redención, que es igual a perdón de pecados, sanidad del cuerpo y liberación de toda maldición. Si queremos un milagro de Cristo, comencemos por lo de adentro, pidiéndole a Él que sea nuestro Señor, porque cuando lo hacemos Señor, Él se hace dueño de todo nuestro ser.

El mismo Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos, cuando le dejamos entrar a nuestras vidas, empieza a ordenar nuestro espíritu, luego el alma, y externamente nos premia con una mejor imagen. El mismo Espíritu que nos hace nacer de nuevo, vivifica nuestro cuerpo mortal, y todos los órganos que tenemos dañados se empiezan a arreglar por el Espíritu de vida eterna que hay en Cristo y que está en nosotros, ¡nuestro cuerpo se convierte en la morada del Espíritu Santo! Jesús dijo: “¡pondrán sus manos sobre los enfermos y sanarán!” (Matea 16:18). ¡Creamos que Dios puede hacer milagros sobrenaturales en nosotros!