Hambre y sed por la presencia de Dios

Salmo 42:1-3: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?

Estas palabras denotan en David una inconformidad, y es sorprendente como un rey que lo tenía todo, riquezas, fama y fortuna…, en su alma había un vacio que no lo pudo llenar ninguna de estas cosas materiales. Hay miles de cristianos que sé que aman a Dios, pero lamentablemente se han quedado en la superficie con respecto a Su presencia. David sabía que había algo más y estaba dispuesto a buscarlo, conocía que en la relación con Dios podía captar y llenar una necesidad espiritual que no había sido satisfecha, y no era que no había tenido encuentros con Dios, él estaba en un punto en su vida en el que decidió romper los límites y conocer más a Dios.

Llega un momento en el que te cansas de ser la misma persona superficial y seca, y en Dios encuentras la respuesta. David sabía que su alma tenía sed de algo que no era material, él no quería solamente el éxito superficial, sabía que lo único que lo podía salvar en un momento de crisis, eran esos encuentros con Dios en el lugar privado, en los que Él se revela de forma sobrenatural.

Oro para que en ti se despierte un hambre y una sed por Dios, que no hayas tenidQo por nadGGa de este mundo, un deseo tan ardiente y apasionado en el que las cosas terrenales palidezcan delante de la intimidad que puedas tener por Dios, donde tu alma es verdaderamente saciada de lo eterno. Hay un poder maravilloso sobre una persona que decide apoderarse de Dios, es como aquel hombre que atrapó al ángel y le dijo que no lo soltaría hasta que lo bendijese.

Por la presencia de Dios sobre tu vida, en vez de vergüenza y miedo viene doble honra, Dios viene a ser tu retaguardia y fortaleza. David antes de salir a la guerra iba a la presencia de Dios, y cuando salía a la batalla, a pesar de ocupar las primeras filas, nada le pasaba porque sobre él había una atmosfera que le rodeaba, las lanzas venían a él, y cuando a cierta distancia llegaban, se desviaban porque contaba con Dios y se llenaba de su presencia. Era Dios quien no dejaba que lo dañaran en batalla, porque tenía un plan con él.

David identificó cuando su relación no estaba bien con Dios, lo supo porque el gozo se fue, pero en ese momento apeló al arrepentimiento y volvió a buscarle en lo íntimo. Entra en lo secreto con Dios y conoce la verdad en lo íntimo, David le dijo a Dios que lo lavara y purificara porque quería ser limpio de nuevo, quería volver a ver su rostro; sabía que si la presencia de Dios no permanecía  con él, estaba en manos de sus enemigos, y que ya no había protección para él. Y es que no importa cuánto te cuides, es Dios quien te cuida, y si te vuelves a Él en arrepentimiento, Él pondrá de nuevo su cobertura sobre tu casa, sobre tus hijos y nación.

Cuando Dios te viste con su presencia, regresa un derramamiento de su Espíritu Santo sobre tu vida, pero cuando la presencia de Dios es quitada, la muerte espiritual llega a tu vida. Una persona que está a punto de morir pierde el apetito, lo obligan a alimentarse y tiene que ser por las vías intravenosas, porque no siente ningún deseo. Tú podrás estar enfermo, pero si comes, bebes y todavía tienes sed, ese alimento te va a dar vida. Jesús es la respuesta para un alma necesitada, las aguas que sacian tu alma son los ríos del Espíritu Santo, no es una pequeña llovizna, sino torrentes de vida eterna que corren desde tu interior, te sientes vivo, es su Espíritu moviéndose dentro de ti.

Pídele a Jesús que sacie hoy tu sed, que te dé agua del Espíritu Santo, ¡qué rompa la apatía en ti para que venzas los límites!