“El pecado de desmayar”

Salmos 27:13: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes.”

Muchas veces nos cuidamos de lo que conocemos como pecado, pero nos descuidamos del pecado de desmayar. Cuando Dios nos da una palabra y desmayamos en medio de esa espera, es contado como pecado, porque sin fe es imposible agradar a Dios. Nuestra vida es una batalla de fe, y toda circunstancia que enfrentamos viene para atacarla; el desmayar es solo un reflejo de que hemos dejado de creer, pero los que somos de fe no andamos por lo que vemos, sino por lo que creemos que veremos.

No debemos vivir conforme a lo que vemos en las noticias, en las redes o en la cuenta bancaria, nosotros tenemos la Palabra y las promesa que Dios nos ha dado, vivamos creyendo que veremos lo que hemos pedido; mientras nos mantengamos firmes, avanzaremos hacia la conquista, pero quien deja de creer deja de avanzar. No abandonemos lo que Dios nos ha dicho, aferrémonos a la Palabra hasta que se cumpla.

Santiago 1:12: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.”

Para los hijos de Dios no es válido el desmayar, fuimos llamados a ser persistentes y resistentes; además, hay una recompensa por el creer, y tenemos la seguridad de que vamos a vencer, porque tenemos el poder para hacerlo, puesto que todo radica en nuestra fe. Hay promesas para este país y para nuestra familia, ellas se manifestarán, pero tenemos que creerlas hasta que las veamos cumplidas. Es normal en algunos momentos tener un bajón de fe, pero no debemos dejarnos vencer por los pensamientos de derrota, sometámoslos a los pies de Cristo.

Salmo 27:2: “Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos,
Para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.”

Tenemos tres adversarios de la fe, el primero, son los malignos (cualquiera que se acerca con la intención de hacer un mal a nuestra vida), que vienen en nuestra contra, muchas veces sin razón aparente, es por ello, que siempre debemos pedir que seamos librados del mal, tal como lo enseñó Jesús.

El segundo adversario, son los angustiadores, los espíritus que quitan la paz y la tranquilidad para sembrar angustia, miedos y temores, ellos vienen a causar angustia y desenfocarnos de lo que es realmente importante, que es lo que Dios nos ha dicho y lo que Él hará. Pero ellos no tienen el poder de hacerlo a menos que le demos lugar, no permitamos que nada nos quite la tranquilidad que Dios quiere que disfrutemos.

El tercer adversario son los enemigos, que vienen con la intención de impedir nuestro avance, conquista, y que alcancemos lo que Dios ha declarado para nuestras vidas. Es el que se levanta para quitarnos lo que Dios quiere darnos, es quien incluso roba los principios y valores, porque sabe que la pérdida de ellos es la pérdida de la bendición; nos presenta aparentes oportunidades que lo único que harán es sacarnos de la voluntad de Dios.

Entendidos de la Palabra, debemos saber que estos tres adversarios vienen contra nosotros, pero Dios nos alerta para que tomemos medidas, para que nos mantengamos velando y no permitamos que estos nos aparten de su voluntad, y alcancemos las promesas de parte de Dios, esa corona que nos será dada por persistir.

Salmo 27:5: “Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; Me ocultará en lo reservado de su morada; Sobre una roca me pondrá en alto.”

Dios nos dice en su Palabra que nos protegerá del mal, Él nos pide que aunque atravesemos por dificultades nos mantengamos firmes, congregándonos, orando, ayunando y no apartándonos de su casa, porque en ella el enemigo no puede tocarnos. No podemos permitir que las circunstancias que el maligno trae, nos alejen de la casa de Dios.

La única forma de salir de la angustia es tener la confianza de que no estamos solos, sino de que contamos con la compañía del Todopoderoso; además, al entrar en lo secreto de su morada, porque la angustia se va en el momento que nos sumergimos en la presencia del Señor, ¿cómo alguien podría angustiarnos o dañarnos si estamos en los brazos de Dios?

La forma de ser libres del enemigo, es estar parados en la roca que es Cristo Jesús, es saber que tenemos armas para luchar, y estas son: el poder de la sangre de Cristo, su Palabra y el Espíritu Santo. Cuando entendemos que en el sacrificio de Jesús está la garantía de nuestra victoria, ningún enemigo podrá contra nosotros, porque encontrará un hombre lleno de fe, ¡somos hijos de Dios! Él ha colocado a nuestra disposición ángeles para que nos defiendan, es tiempo de creer en su Palabra y usarla. Si sabemos que el cielo está a nuestro favor, entonces ¿por qué desmayar en el creer?, ¡no desmayemos!, sigamos creyendo que veremos la bondad de Dios.