El pacto matrimonial

Cantares 8:6-7: “Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían”.

El fundamento principal con el que Dios va a trabajar para renovar un matrimonio es el amor de Cristo en el corazón del hombre, por medio de este, Él nos recordará el pacto que se ha hecho con Dios, pero también uno mutuo de amor hasta el final con la persona que elegimos, y que va más allá de los errores, fallas y diferencias. La palabra pacto significa “testamento legal”, y cuando hacemos un pacto, le damos la legalidad de la Palabra de Dios, que permanece para siempre, a nuestro matrimonio; cuando estamos cimentados en el testamento legal de la Palabra de Dios en nuestra vida, nuestro matrimonio es irrompible, porque no hay manera que lo que Dios une lo separe el hombre (Mateo 19:6).

Hay que sacar de nuestra mente la palabra “divorcio” e “infidelidad”. Si las tenemos en nuestro lenguaje, Satanás va a trabajar con ellas; pero si tenemos en nuestra mente la palabra “pacto”, “amor”, y recordamos los votos que hemos hecho con Dios, se olvida por completo la posibilidad de divorcio en nuestro hogar. Pacto no es acuerdo; lo que firmamos con los hombres es un acuerdo con las dos partes, en el que tenemos la opción de cuándo las cosas marchen mal ser roto, pero los pactos no se rompen, aunque las cosas marchen mal; ellos nos hacen corregir, porque es un testamento eterno legal.

Jesús, cuando se comprometió con la Iglesia, es decir, con nosotros, fue más allá de los errores y fallas que pudiéramos cometer. Por eso, nos ama nos cuida, protege, enseña y edifica para presentársela luego a Él mismo como una Iglesia santa, sin manchas y sin arrugas (Efesios 5:25-27); además, nos envió al Espíritu Santo como tutor y consejero. Por causa de los hombres fue que se tuvo que establecer el divorcio, pero Dios no creó al hombre y a la mujer para divorciarse. En el principio no fue así, pero cuando el hombre perdió el diseño original del pacto con Dios, empezó la idea del divorcio. El divorcio no viene de Dios ni de Biblia, viene de los hombres, de la dureza de su corazón, pero cuando regresamos al diseño original que Él estableció, nadie nos podrá separar.

Todo desacuerdo en el matrimonio debe ser arreglado, porque nosotros, a pesar de que hemos sido difíciles para Dios, apenas recurrimos e Él, no tarda en respondernos para perdonarnos y ayudarnos; pero hasta que no nos volvemos a Cristo y a ese lugar secreto con Él, no tomamos la iniciativa de irnos a reconciliar con nuestra esposa y estar en paz. Debemos saber que, cuando restablecemos nuestra relación en el pacto matrimonial, los cielos se abren, y la bendición y el gozo aparecen. Tenemos un diseño original, así que dejemos de escuchar consejos de terceros, y centrémonos en la Palabra de Dios hasta que ella nos dé la estructura espiritual para permanecer hasta el final. ¡Teniendo el corazón de Jesús, empezaremos a ser amorosos y tiernos con nuestras esposas!