De víctima a victorioso

Es un instinto natural del ser humano el querer estar en control de las circunstancias, es por ello que cuando los problemas nos están dominando, la reacción natural es la rebelión, producto de que no fuimos diseñados para que las adversidades nos dominaran, sino para que nosotros las dominemos a ellas.

Génesis 1:27-28: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.”

Hay gente que ha sido víctima de maltratos y abusos físicos y psicológicos, y esas situaciones que les pasaron en un tiempo atrás, les esclavizan, y están constantemente diciéndoles qué pueden hacer y qué no. Pero la verdad es que Dios nos creó a su imagen y semejanza, y además nos dotó con su bendición para que ejerzamos autoridad sobre todo lo creado (excepto sobre el ser humano mismo). Por ende, no fuimos creados para que la enfermedad o las deudas nos dominaran, sino para ejercer dominio sobre ellas. Ahora bien, de quien nosotros debemos recibir órdenes y obedecerlas es del Cielo, porque nuestro Señor es Dios. La vida está compuesta por un 20% de las cosas que nos pasan y por un 80% de cómo respondemos ante ellas, es decir, el 80% de nuestra vida no puede estar determinado por el 20%.

Aunque hayamos sido víctimas de algún maltrato en la vida, no fuimos diseñados para que esas circunstancias nos dominaran. El pasado no debe determinar nuestro presente ni futuro, porque es entonces cuando tomamos una actitud de víctima, y Dios nos dio la autoridad de dominar sobre lo que nos acontezca en la vida, nos dio el poder para salir en victoria de cada circunstancia, para pasar de ser víctima a victorioso o victoriosa.

Isaías 62: 6: “Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis.”

Todos pasamos por circunstancias adversas, pero nuestra oración en esos momentos no debe ser para recordarle a Dios lo grande del problema, sino para expresarle a esa adversidad lo grande que es Dios, y a su vez, recordarle a Dios las promesas escritas en su Palabra. Dejemos la actitud de víctima, y empecemos a revestirnos de la de vencedores. Nuestra oración no debe utilizarse como una excusa para quejarnos, debemos ir a la presencia de Dios como vencedores, y pacientemente debemos esperar en sus promesas, porque su respuesta vendrá.

Mientras llega nuestro milagro, hay que alimentarnos, no del problema o la adversidad que podemos estar atravesando, sino de la Palabra de Dios, porque dice la Biblia que el justo por su fe vivirá (Romanos 1:17). Si estamos atravesando por una enfermedad, recordemos que la Escritura declara que por las heridas de Jesús nosotros seriamos sanados (Isaías 53:5), y que cuando claman los justos, Jehová los oye (Salmo 34:17). Empecemos a orar basados en un verso de la Palabra, porque de esta manera las circunstancias no podrán dominarnos.

Isaías 41:21: “Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob.”

Cuando nos presentemos ante el Tribunal de Dios, hagámoslo con alegatos fuertes de nuestra causa, porque cuando tenemos una promesa, poseemos un gran expediente que sustenta nuestra causa, y dice la Palabra: “¿y no hará Dios justicia a sus escogidos que claman a Él día y noche?” (Lucas 18:7). Así que, mantengamos en nuestra oración las promesas de Dios, y pidámosle que nos haga justicia, porque sin duda vendrá, recibiremos nuestro milagro y pasaremos de ser víctimas a victoriosos.