Cuando ores, no dudes

Santiago 1: 5 – 7: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.”

Si pedimos con fe vamos a recibir lo que hemos pedido. La fe no es solamente creer en Dios, está compuesta de dos cosas: creer que Dios existe, pero también que Él es real para nosotros. Hay gente que cree que Dios puede hacer milagros, pero no que los puede hacer en ellos. El creer que Dios puede hacer grandes cosas en otros, no es fe, tener fe es creer que Él puede hacerlo en nuestra vida.

Hebreos 11:6: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”

Dios quiere que cuando oremos, creamos que Él está para escucharnos. Uno de los grandes problemas que tiene el creyente es que no cree que Dios lo escucha, porque no se considera lo suficientemente bueno como para recibir un milagro, y ese es un problema que viene generado por una cultura de las tinieblas, en la que se cree que Dios nos va a dar algo, porque lo merecemos.

Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

Gracia es un favor inmerecido, es decir, Dios nos da algo que no merecemos. El trono de Dios no se llama el trono de los premios al mejor orador o al más santo, su trono es el de la gracia, y cualquiera que recibe esa gracia, la recibe aunque no la merezca. Así que, cuando nos acerquemos a Dios a pedirle, nos concederá nuestra petición, no por lo que somos, sino por lo que Él es. Ahora bien, no basta solamente pedir a Dios, es necesario argumentar de forma correcta nuestra oración.

Isaías 41: 21: “Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob.”

No hay mejor forma de argumentar nuestra oración, que con lo que ya Dios ha dicho, es decir, apelando a lo que ha escrito en su Palabra. Cuando argumentamos nuestra oración con lo que dice la Biblia, estamos garantizando y sustentando la oración, pero también se desarrolla la fe, debido a que la Escritura dice que la fe viene por el oír la Palabra. Esto trae como consecuencia seguridad al orar, porque sentiremos que nuestra oración está siendo escuchada, lo que generará que la duda  se vaya. La clave está en no pedir creyendo que merecemos las cosas, sino apelando a la gracia y misericordia de Dios, de esta forma nuestra oración será efectiva.  No importa lo que diga nuestro vecino, pidamos a Dios con sinceridad, no apelando a lo que somos, sino a lo que Él es.