“Centinelas de Oración”

Isaías 62:1: “Por amor a Sión no guardaré silencio, por amor a Jerusalén no desmayaré,
hasta que su justicia resplandezca como la aurora, y como antorcha encendida su salvación.”

Mientras se mantenga la llama de la oración e intercesión de la Iglesia para un país, tenemos esperanza de avivamiento. Hoy más que nunca debemos responder con oración a todas las cosas que no entendamos, la oración se lleva los afanes, las dudas, la incredulidad y nos ministra fe. Siempre que haya gente orando la salvación va a estar alumbrando en este país, pues el motor de la salvación es la oración. Dios nos ha dado visión de nación, por lo que nuestras oraciones no pueden ser egoístas, sino conforme a esa misma visión, como para abarcar a toda la nación.

Isaías 62:4: Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra la llamarán «Desolada», sino que serás llamada «Mi deleite»; tu tierra se llamará «Mi esposa»; porque el Señor se deleitará en ti, y tu tierra tendrá esposo.

De los intercesores depende la salvación de una nación entera, porque se trata de que todos vean a Dios y conozcan su rectitud. No nos vamos a quedar con el nombre o la etiqueta que nos han puesto las circunstancias, pues mientras que los intercesores se mantengan de pie, Dios nos dará un nuevo nombre.

Isaías 62:6-7: “Jerusalén, sobre tus muros he puesto centinelas que nunca callarán, ni de día ni de noche. Ustedes, los que invocan al Señor, no se den descanso; ni tampoco lo dejen descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra”.

En este pasaje vemos cómo Dios construye muros alrededor de su pueblo para resguardarlo, pero por encima de esos muros, Él ponía a gente determinada y vigilante, para elevarlos a un nivel mayor de visión.

Ellos tenían funciones y características, en primer lugar, cuidaban y vigilaban todo lo que salía y lo que entraba, segundo, como podían ver tanto el panorama interno como el externo, sabían qué podía entrar y qué no, aprobaban o reprobaban lo que entraba y salía de la ciudad. Tercero, advertían del mal que venía en contra de la ciudad. En cuarto lugar, tenían la mejor visión sobre todo el territorio. Quinto, tenían una alta capacidad de resistencia y perseverancia. Sexto, cuando otros se rendían, ellos a penas estaban calentando sus motores y por último tenían una voz que no se apagaban.

Cuando oramos tenemos el poder en nuestros labios para aprobar cosas, pero también para prohibir otras, la intercesión tiene el poder de abrir o cerrar las puertas sobre un territorio. El que ora sabe por dónde viene el enemigo; los centinelas eran los encargados de preservar el Pueblo de Dios que habitaba dentro de la ciudad y avisarle de que cosas debía estar apercibido. No podemos estar dormidos, tenemos que estar atentos a lo que nuestros centinelas nos están diciendo. Un intercesor sabe que tiene en su boca el mensaje de Dios, y no lo esconde ni lo calla, sino que lo anuncia hasta que lo ve cumplido.