Acerquémonos al monte de su gloria

Hebreos 12: 18-24: “Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando; sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.”

Cada vez que Dios quiere hacer algo sobrenatural con un hombre o una mujer, lo llama a subir a un monte, y en ese lugar le revela cosas que en su entorno común y natural no entiende. Dios habita en un lugar espiritual alto e invita a su pueblo a subir cuando quiere cambiar circunstancias naturales, ese lugar no es cualquier monte, no es aquel monte al que subía Moisés, –donde por cierto solo podía subir él, era un monte el cual al pueblo le daba temor e incluso al mismo Moisés.–  Ahora por medio de la Sangre del Cordero y de la presencia de Dios, podemos acceder al Trono de la Gracia y entrar a la habitación de la recamara de Dios, a su Monte Santo al que Dios no solo está invitando a un hombre, sino a todos sus hijos, porque en ese monte están los recursos sobrenaturales que necesitamos, aquello que la tierra no nos puede ofrecer.

Cuando vamos a ese monte y nos elevemos a buscar a Dios, nos encontramos al Cristo de poder. En ese monte habita el reino, el dominio, la autoridad y el poder de Dios. Cuando entramos al monte motivados por la pasión, podemos tocar una vislumbre de la gloria mayor que nos ha sido entregada. En el monte de Dios hay multiplicación, lo que estaba estático y que no crecía, empieza a crecer. Necesitamos un nivel mayor de presencia, de búsqueda, de cercanía y de reposo con Dios. Necesitamos pasar más tiempo en el secreto de Dios y permanecer allí, en ese lugar el afán se va, así como todo aquello con lo que nos hemos contaminado en el valle. ¡El que sube enfermo a ese monte, baja sano!

Cuando subimos al monte recuperamos la visión espiritual, y la identidad como hijos de Dios. El Padre nos está empujando a que salgamos de la zona de confort, porque hay un lugar en el que nos podemos encontrar a diario con Él, y es en su monte, un lugar de cimiento y de estabilidad, en el que podemos colocar nuestras raíces para que nada nos mueva, que aunque vengan circunstancias difíciles, nuestra casa no se cae porque está en el fundamento, es decir, en la presencia y la gloria de Dios. A ese monte subimos de una manera, pero bajamos de otra; subimos sin visión, pero bajamos con claridad para hacer lo que Dios nos ha encomendado; subimos débiles, pero bajamos fortalecidos para ir una milla más. El Señor no quiere que nos conformemos con una gota de su bendición, sino acercarnos a la fuente de bendición.

Subamos al monte de la transfiguración, lugar en el que somos vestidos y transformados de débiles y pecadores a ser vestidos de santidad y pureza. Pero, el monte más poderoso de todos, es el Monte Calvario, el momento de la victoria total sobre el pecado, la muerte, la enfermedad y la pobreza, es el monte no de muerte, sino de gloria y resurrección.